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Rescate

Ella hacía el camino hacia esa casa con la cabeza baja, como concentrada en el movimiento de los tablones de su pollera. Las piernas se le perdían en el par de zapatos marrones de doble nudo y en las medias azules que le marcaban el elástico debajo de la rodilla. El peso de los libros la obligaba a disminuir el ritmo de los pasos y se preocupaba por el retraso de esos primeros metros. Miraba su reloj en el brazo menudo y aceleraba la marcha, ansiosa por no demorar el instante de, por fin, llegar ante esa puerta. Cada baldosa era un desafío para los pies, un espacio para decidir acortar o alargar la llegada a ese sitio: la entrada a la casa.

Ahora la veo. La entrada es una puerta de dos paños color celeste. La abertura metálica y letras en relieve negro que dice cartas y el picaporte dorado. Todo brilla tanto como entonces y al tocarla hasta puedo sentir el temblor que crecía al rozar con los dedos la madera. Y la fuerza que me impulsaba a cruzar el umbral, de la que retengo las marcas de las uñas en una mano. Tres marcas en la palma para resistir el deseo de entrar.

Después, cuando ya se encontraba frente a la entrada, apoyaba la mochila en el piso y miraba hacia adentro, hacia ese lugar que tanto la atraía y cerraba los ojos como cuando se acostaba y guardaba en la retina los contornos de su cuarto como un modo de poder enfrentar la oscuridad. Entonces se quedaba inmóvil delante de la puerta esperando que todo volviera a suceder. Y que apareciera otra vez ese hombre. El que le daba los caramelos mientras le cepillaba el pelo una y otra vez, el que le pedía los cuadernos para decirle que nunca había visto una letra tan linda. El que la invitaba para el día siguiente y el otro, y el otro, solo un ratito en el camino desde el colegio, esperándola con una hilera de caramelos que formaba dibujos sobre la mesa (él armaba un dibujo distinto cada día para hacerla feliz). El hombre que se sentaba junto a ella en la cama y la dejaba hablar mientras le acariciaba las mejillas; después le acomodaba el uniforme y la dejaba partir.

A medida que me acerco se hace más fuerte el sonido, el que no pude olvidar, en esa habitación de vasos sucios y botellas vacías. Quizás todo se ha vuelto difuso como la poca luz que se filtraba a través de las maderas de la persiana. Pero nunca olvidé ese ruido, el crujido de nuestros cuerpos sobre el elástico destartalado de la cama.

Ella llegó a la misma hora en que lo hacía todas las tardes. Él comenzó como siempre a darle los dulces. Pero ese día no continuó el juego de abrirle prolijamente con sus uñas cada caramelo para después meterlo en su boca. Y ya no pudo reconocerlo cuando la mano no buscó el que faltaba para completar la última línea del dibujo. Fue cuando ella abrió los labios para encontrar el grito.

Mis dedos dejan una marca húmeda en el picaporte mientras empujo la puerta. Atravieso el pasillo oscuro. La distancia es demasiada corta para mis pies. Reconozco el lugar. Ya no hay muebles en la habitación, ni hilera de caramelos. El techo dejó caer pedazos de pintura sobre el piso y las persianas se deshicieron en un polvo negruzco.

Y ahora la veo. En un rincón me espera esa niña, y al fin comprendo por qué estoy aquí.

 

 





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