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Vértigo

                                                          

 

Sin embargo, no se puede renunciar a vivir medio día: o el resto de la eternidad o nada.

 

                                                                                         En Zama, Antonio Di Benedetto

 

La miró desde la escalerilla del trampolín, el más alto de los tres, sintiendo el temblor en las piernas y esa puntada que el temor siempre le provocaba en las axilas. Pero siguió subiendo ya que ella le había dicho: o todo o nada. Siguió trepando, aproximándose al techo de chapa que casi se doblaba como un papel por encima de su cabeza.

Pronto, imaginó, si estiraba una mano, lograría alcanzar las hojas dormidas en las lucarnas. Hacía varias semanas que el otoño las había lanzado sobre los vidrios y, aún húmedas, yacían adheridas como estampillas sobre los tragaluces; allí estarían por el resto del invierno, pudriéndose lentamente hasta la llegada del verano cuando el natatorio se transformara otra vez en pileta descubierta. Esa perspectiva, de pronto tan real, de ir trepando sin que estuviera el techo, casi lo paralizó a mitad de camino. Él sabía que en otro momento quizás no hubiera sido capaz de enfrentar el desafío a cielo abierto; y trató de no pensar en ese doble vacío: el abierto bajo sus pies y el de la absoluta nada sobre su cabeza

Vértigo, miedo. Hay palabras que no se enseñan, simplemente se aprenden con la experiencia. Como las palabras que dan cuenta de las emociones.

Siguió subiendo como sonámbulo, trepando sin remedio, porque era lo único que podía hacer desde que ella lo había provocado. Subía pendiente de su presencia unos metros más abajo, estimulado por las horas solitarias cuando el deseo se le metía, en las noches, dentro de la cama.

La primera vez que le sucedió, se despertó bañado en sudor, el corazón latiéndole con tanta fuerza, un ardor intenso quemándole el pecho. Con apuro, entonces, se había quitado el piyama húmedo y, desnudo, se había abandonado al placer, deslizando sus manos hacia el deseo, con los ojos cerrados para no permitir nada más que la visión de su recuerdo, recreando, dejándose ir.

Por las tardes, al regreso de la escuela, se encerraba en su cuarto, sorteando como podía la insoportable inquietud de sus padres, incapaces de comprender su repentino silencio; aguardando el momento, como un esclavo, de volver a sentirse libre, una y otra vez, a partir de esa noche y las que le siguieron.

Fue en ese tiempo que también comenzó a dibujar. Al principio, lo hizo pensando en ella, apenas unos trazos que ocultó con vergüenza. Con el correr de los días, la mano fue adquiriendo certezas, y la habilidad corrió a la par de su imaginación, guiándolo por terrenos desconocidos. Hasta que una tarde, el atentado a un diario francés, le reveló además que dibujar podía convertirse también en un modo de expresarse; y desde entonces supo lo que quería.

Por eso, aunque ya está llegando al último tramo de la escalera y al dilema: el todo o nada, que le ha planteado ella, conduciéndolo así al borde del vértigo, necesita saberlo. Como con los dibujos, probarse que puede.

Por eso, es que ha subido y ahora, desde la altura, le sonríe; incluso hasta logra saludarla con una mano. Por eso, porque ya lo sabe, casi grita al estirar la pierna para dar el salto.

 

 





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