INICIO
EL ABRAZO INTACTO

(De Mujeres al sol, sábanas al viento, Ed. Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2008)

Paula no solía mirar hacia atrás, pero cuando se encontraba con Miguel, las imágenes de la infancia, los recuerdos que sola, sin su presencia, era incapaz de recuperar, llegaban a ella con claridad; sin que se lo propusiera, de modo imperceptible. Y en especial, los que se relacionaban con aquella noche.

¿Qué edades tenían ambos cuando todo eso ocurrió? Sin dudas, ella era muy pequeña entonces y Miguel le llevaba varios años. Y aunque la diferencia luego, con el tiempo, extrañamente se achicó, ella sintió que ya era de un hombre los brazos que la sostuvieron con ternura.

Hasta esa noche no fue consciente de hasta qué punto lo había necesitado. Se había acostumbrado a verlo cada tanto, cuando él entraba y salía ocupado con sus estudios o luego, con su primer trabajo; a veces, incluso, había tenido la sensación de no tener un hermano, tan ajenos vivían uno del otro. Y si lo escuchaba llegar, ella se escondía en el hueco de la escalera con la esperanza, sin embargo, de que al pasar él la descubriera y la retuviera en un abrazo. Nunca llegó a confesarle cuánto añoraba ese contacto; ni siquiera más tarde, cuando los reunió la necesidad y el vacío.

Y entre los escasos recuerdos de Paula, surgen siempre con claridad los de esa noche, en la que él entró a su cuarto para despertarla con suavidad, con sus ojos acuosos y el saco del pijama mal abrochado. Tenés mal abrochados los botones, le había dicho ella, tal vez para no preguntarle por qué la despertaba. Y él, de pronto, sin contestarle, le había tocado la frente y despejándole un poco el pelo con una mano, la había mirado y, sin saber, ella comprendió que algo había sucedido; y sin saber aún la razón, se puso a llorar. Siempre había sido así con Miguel, sin palabras. Como esta mañana en que los dos de pie, en el umbral del jardín, se acompañan en silencio.

 

A los veinte años y con una carrera a medio cursar, no tenía otras obligaciones más que ocuparse de sí mismo. Y eso ya era suficiente. Nadie lo había preparado para ser un hombre; no obstante, había reaccionado como tal, instintivamente, cuando todo aquello pasó.

Miguel recuerda muchas cosas de esa etapa de su vida, pero en especial esa noche en que lo despertó el timbre insistente del teléfono. Atontado, se había puesto el saco del pijama sin registrar los botones mal abrochados ni lo que estaba haciendo. Y luego de escuchar la noticia, se había quedado sentado en el borde de la cama mientras a su alrededor los límites del cuarto comenzaban a distorsionarse como si alguien lo hubiera introducido a golpes dentro de un cuadro de Van Gogh. Por eso, había salido al pasillo, aterrado, para hundirse en el profundo silencio de la casa. Y en esa ausencia de otros sonidos había escuchado la respiración del otro cuarto. Entonces supo que él era quien debía decírselo.

Había abierto la puerta del cuarto de Paula y en la oscuridad percibió su olor infantil a cuadernos de colegio y lápices de colores. Apoyada sobre el escritorio, la mochila de su hermana y sobre los estantes la hilera de muñecas prolijamente ordenadas, las cajitas y los adornos que ella juntaba casi con obsesión. Una franja del papel tapiz se iluminó tenuemente por la luz del pasillo que dejaba pasar la puerta abierta y él había pensado que realmente era un cuarto de niña feliz. ¿Hacía cuánto tiempo que no entraba? ¿Con qué derecho venía ahora a romper la armonía de ese refugio? Porque de pronto comprendía que serían sus palabras las que desordenarían su mundo pequeño. Y por eso, al despertarla, se había quedado en silencio y luego, tocándole la frente, había buscado acomodarle un poco el pelo que le caía sobre la cara. Y enseguida le había abierto los brazos cuando ella, simplemente, y sin saber, comenzó a llorar.

 

No hablan de eso esta mañana —hace tiempo que cuando se encuentran el recuerdo de los padres se remite al tiempo anterior al accidente—. Ambos caminan sobre el césped aún húmedo y sus pisadas van dejando un sendero oscuro, unas huellas que desaparecerán una vez que las caliente el sol y que el viento sacuda los pequeños brotes verdes. Paula se aferra al brazo de su hermano mientras él calla, alimentándose sólo del roce como si acariciara una parte de su propio cuerpo. Relajado, en silencio.

Pero la mañana se ha puesto fría y de pronto surge la idea de un café. Que sería bueno tomar una taza de café, dice él cuando vuelven sobre los pasos, sin abandonar el mutuo contacto, lentamente.

Mientras ella está en la cocina, él pone algo de música y ella se alegra de que haya elegido a Billy Joel. Después lo escucha tararear y sin poder evitarlo, se sonríe.

Miguel, por su parte, se ha ido acercando a la cocina y desde la puerta sigue los movimientos de su hermana. Los dedos espigados de Paula que acomodan las tazas sobre la bandeja. Un mechón de pelo le oculta parte del rostro y entonces sí, sin que él pueda evitarlo, regresa la imagen de aquella otra noche en la que había temido despertarla.

La música los va envolviendo en esa calma de domingo, mientras ambos se acomodan en el sillón frente a las tazas de café. Y tal vez por esa imagen que él tuvo de ella hace sólo un instante, es que ahora la mira como para preguntarle. Paula se sonríe. Tenés los botones mal abrochados…, le contesta adivinando los pensamientos de su hermano y él, que en un primer momento piensa que es cierto, también se sonríe al escucharla. Hace mucho que no se ven, pero pareciera no haber pasado el tiempo entre aquel abrazo y este otro, que el espejo frente a ellos refleja, intacto.

 





Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional. Escritora Argentina