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LAS HERMANAS

(De Mujeres al sol, sábanas al viento, Ed. Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2008)

 

Acomodó aún más las mantas sobre el cuerpo enfermo de su hermana. Después observó por la ventana la luz tenue de la tarde, adormecida como las flores del jardín. Todavía no se acostumbraba a la idea del invierno con sus días cortos y sombríos. Sin prisa, buscó su tejido. Pero antes, volvió a controlar la respiración de Isabel; agradeció que, por unos instantes, hubiera cedido la opresión sobre el pecho.

Se ubicó a su lado, en un sillón pequeño, y con manos ágiles tomó la lana y la tensó entre los dedos. Sin embargo, pronto debió volver a levantarse para encender una luz y entonces fue que descubrió, frente a ella, el cuadro colgado sobre la cómoda; y la sorpresa le hizo perder la cuenta de los puntos y de las hileras y la extravió en los recuerdos.

Los de aquellos días cuando Antonio, tanto tiempo ausente, había regresado de Roma y las había inundado con todas sus pinturas, con sus carpetas repletas de trabajo y con todo el encanto que el aire europeo había acrecentado. Entonces encontró entre los dibujos ese bosquejo y, enseguida se había reconocido en el retrato aún incipiente de su rostro junto al de su hermana. En ese momento admiró aquellos perfiles casi exactos que Antonio había sido capaz de trazar en la distancia. ¿Hasta qué punto él las había necesitado? Unos días después ambas hermanas se atrevieron a pedirle que terminara el retrato. Fue la tarde cuando posaron para él, en el saloncito de la planta baja.

Ahora recordaba esas horas en las que estuvieron los tres juntos. Ellas en actitud fraternal, una al lado de la otra, intimidadas por esa mirada, de pronto tan varonil y decidida, obsesionada en los trazos como la mano que se desplazaba inquieta sobre la tela, olvidada de todo lo demás, incluso del cansancio que ellas pudieran sentir.

Recordaba que Antonio sólo se había detenido cuando la oscuridad los había alcanzado a los tres confundiéndolos en una misma sombra, en esa hora incierta que, como conjugando un hechizo, los vinculaba de otra manera.

¿Qué queda de todo eso ahora?, pensó al mirar esas figuras del ayer. Observó en la tela su cuerpo sostenido por el otro. ¡Cómo reconocerse nuevamente en él!

Otros recuerdos regresan junto al cuadro: las tardes de primavera y los juegos de la infancia al reparo de la glicina. El mismo sitio donde, más tarde, ambas elegirían para leer las cartas que traían noticias desde Europa; y el apuro de Isabel por responderlas. Como la mañana en que la encontró sentada sobre un desparramo de flores: pétalos blancos, violáceos, rosados, que había juntado para enviárselos en el sobre a su herma no, el pintor.

Después, ¿qué había pasado después? ¿Cómo habían llegado a confundirse?

Hacía años que ella se marchó para poder olvidar y, sin embargo, confusamente, esa tarde el antiguo retrato regresaba para interpelarla. Porque era aquello otro, en definitiva, lo que le había hecho levantar la vista. Lo que hasta esa tarde le había impedido regresar a la casa.

De pronto, necesitaba acercarse a la pintura y se levantó y, al hacerlo, de su pollera cayeron las agujas que, desandando el tejido, se clavaron en el suelo. No obstante, siguió caminando, como si no se diera cuenta de nada porque sus ojos miraban más allá, hacia los trazos que, por primera vez, estaba descubriendo, hacia los que delataban eso que ni ella ni su hermana se habían atrevido a mencionar sobre aquella tarde.

De pronto, necesitaba acercarse y además apagar esa luz que sólo hacía brillar el pie del cuadro impidiendo ver. La luz baja no favorece a la pintura; este es un cuadro que debe iluminarse desde arriba, le había dicho a Isabel cuando ambas buscaban un sitio para colgarlo.

Pero su hermana nunca terminó de decidirse por el sitio adecuado, y ella se había ido de la casa sin que la pintura abandonara un rincón oscuro de la sala. Ahora, en cambio, ahí estaba para que ella pudiera observarlo.

Acercándose un poco más, podía recorrer con los dedos la rugosidad de las líneas. Y una de ellas, como un espacio que ya hubiera transitado en otro tiempo, la llevó hacia la profundidad oscura en la que Antonio había ocultado aquello otro que también se había pintado. Ahora reconocía en la tela lo que había quedado opacado por el silencio: las otras señales y el temor. La sensación que había sentido durante esa tarde y que permaneció pintada en sus pupilas, detenida por una fracción de segundo y para siempre, por el breve instante en que esa mano había rozado su espalda.

Y recordó el temblor contenido cuando los dedos delgados y delicados del pintor, sin pudor, le rozaron la mejilla, le acariciaron también la nuca y se detuvieron en su pelo. Y recuperó en su piel el influjo que sobre ella había ejercido, aquella tarde, esa otra piel. Por eso, después de ese día, ya nada había sido igual en esa casa, ya nada había sido igual para ellos. Aunque por un tiempo lo intentaron, fue imposible y ella, por fin, un día se había ido. También Antonio comenzó a viajar con sus muestras por todo el país, cada vez más lejos, más distante de sus hermanas. Sólo Isabel se había quedado en la casa con olor a glicina perfumada.

El silencio, las pérdidas… Con nostalgia, pensó que el tiempo finalmente se había apoderado de los tres, como la oscuridad que ahora casi le ocultaba el resto del cuarto. Entonces volvió a encender la luz y, apoyando las manos sobre la cómoda, aflojó, de a poco, la tensión del cuerpo.

Pronto sus pies volvieron a retomar el rumbo de los pasos seguros y se alejaron del cuadro. Con suavidad, se acercó a Isabel y, mientras le acariciaba el pelo, lamentó que hubiera sido tan extenso el lapso de la separación. Y después regresó a su silloncito junto a la cama, sin olvidar recoger en el camino las agujas y el tejido, el que apenas había perdido algunos pocos puntos, al caer sobre el piso.

 





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