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HUCK

He sido su amiga desde que éramos unos niños. La vida nos encontró a mitad de camino, en la misma vereda entre su casa y la mía, como si hubiera estado destinado. Y nos hicimos inseparables. Un vínculo de años que trascendió el ser vecinos o compartir la misma escuela.

Jugábamos juntos por horas, la infancia era en esos tiempo puro juego. Nos bastaban unas pocas baldosas y lo que cada uno traía dentro de los bolsillos para que todo lo demás se evaporara a nuestro alrededor. A veces los dos solos; otras, algunos niños se nos sumaban curiosos ?porque él siempre despertaba mucha curiosidad? y entonces armábamos una banda que ocupaba toda la vereda.

Quizás porque le gustaba mucho leer, me parecía que era diferente a los demás. Sólo conmigo podía compartir esa pasión por los libros y la escritura, y algunas tardes era suficiente sentarnos un poco más lejos que el resto, hombro con hombro, las espaldas descansando contra el banco de piedra que daba inicio al bulevar, para escribir en unas hojas sueltas nuestra propia novela salpicada de romanticismo y tragedia. Mucho de Rafael Pérez y Pérez, Montgomery, Luisa M. Alcott; pero también Julio Verne y Mark Twain; y tantos otros de los que llevábamos nota crítica en un pequeño cuaderno.

Juntos fuimos al cine para ver Las aventuras de Huckleberry. Aún recuerdo su cara brillante de azul en la penumbra del cine. Algo cambió para él en el instante en que Huck se disfraza de niña para intentar engañar a la tía. Recuerda que cuando una chica trata de recoger algo en su regazo separa las rodillas, no las junta como hiciste tú cuando te tiré la barra de plomo, decía ella en la película.

«¿Así?», él luego repetiría.

Desde el principio lo quise sin límites, con aceptación plena. Para mí era el hermano que no había tenido, mi compañero y mi único confidente.

Pronto fue invitado de casa. Mi padre era bastante serio, pero él encontró el modo de ganárselo, en especial, porque eran pocos quienes podían competirle en el ajedrez; mi madre, sin reparos, lo adoptó de inmediato.

Sabíamos que las cosas no eran sencillas por el lado de su familia, pero la mía cuando le abrió las puertas, fue de par en par y sin preguntas. Tampoco yo las hacía; mientras fuimos unos niños, me bastaba con su presencia.

Recién cuando empezamos a crecer y a tomar otras decisiones, tuve aquel primer presentimiento. Pero incluso entonces, no podía saber de qué trataba. Su presencia comenzó a provocarme desasosiego y, al mismo tiempo, también el impulso de querer protegerlo o resguardarlo de los demás. No sé, tal vez, hasta cierta tristeza. Quizás era incluso melancolía por esa pérdida que se experimenta cuando somos niños que no sabemos precisar pero que nos dispara sin remedio al mundo de los adultos.

Por distintos motivos, con el tiempo, nos fuimos distanciando.

Ya no compartíamos ese ir y venir de la vereda; quizás nos separaron las escuelas diferentes, los nuevos amigos, luego el trabajo. Aún cercanos, nos veíamos cada tanto, pero ya no era como antes.

Fue muchos años después que nos reencontramos, y en su casa de la infancia. Había muerto su madre, una mujer desconfiada y de carácter difícil; sin embargo, su hijo se había ocupado de ella, cuidándola sin descanso durante la larga enfermedad. Yo quería visitarlo.

Mi amigo me recibió en la puerta con una sonrisa. Seguía siendo el mismo niño pero más grande, de modales suaves y elegantes, con aspecto de caballero antiguo. Hacía mucho que no nos veíamos.

Recuerdo que nos sentamos en el jardín donde me había preparado una mesa para tomar el té, frente a los jazmines, rododendros y azaleas mientras por entre nuestras piernas no dejaron de merodear dos gatos redondos y peludos, a los que, sonriendo y con ironía, él llamó sus sobrinos.

Luego caminamos por el cantero infinito de rosas. Con cuidado maternal se detuvo en cada variedad para explicarme su nombre o la razón de su color. Su modo cariñoso, como el sabor nostálgico de un dulce, despertó imágenes de mi cabeza apoyada sobre su hombro en el silencio de nuestra calle, en esa intimidad compartida mientras leía, solo para mí, como un susurro, aquellas páginas que aun hoy puedo repetir sin equivocarme: …Nadie sino Beth podía sacar música del viejo piano; pero ella tenía una manera especial de tocar las teclas amarillas y componer un acompañamiento para las canciones simples que cantaban. Meg tenía una voz aflautada y ella, con su madre, dirigían el pequeño coro. Amy chirriaba como un grillo. Jo cantaba a su gusto, poniendo alguna corchea o algún silencio donde no hacía falta.

Los años continuaron sucediéndose luego de esa tarde. No volvimos a ver alguna que otra vez, aunque cada tanto alguien me contaba que lo había encontrado en la confitería del barrio.

Dicen que siempre llega por las tardecitas para sentarse en la misma mesa. Que los mozos lo conocen y sin preguntarle, le alcanzan enseguida un margarita. Que luego procuran que nadie lo moleste mientras él, casi olvidado del mundo, saca su libro y lee. Luego, se levanta y acomodándose el chal sobre los hombros saluda y se retira. Hasta el día siguiente, dicen, en que vuelve a aparecer, siempre a esa misma hora en que va muriendo la tarde.

 

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