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Gloria

¿Qué se necesita para morir? me pregunté cuando al salir de casa casi tropecé con el montoncito de plumas sucias; un resto de olvido en que se había convertido un pájaro.

Alcancé a ver que unos metros más allá, otras aves me observaban, sin dejar de piar, expectantes. Pendientes tal vez de mi próximo paso, parecían querer pedirme algo, pero ¿qué?

La respuesta la obtuve con el primer movimiento: al agacharme, los pájaros se callaron de inmediato. Con precaución extendí una mano hacia el compañero caído, ¿era eso es lo que esperaban de mí? Las aves sin moverse ni quebrar su silencio misterioso me animaban a seguir.

Mis dedos entonces rozaron el pequeño cuerpo que aún conservaba bajo las plumas algo del calor que había gozado en vida.

Su cabeza volcada hacia un costado me hizo recordar en ese instante un cuadro, un óleo de Adriaenssen quizás, imágenes de pájaros muertos entre frutas y pescados, y me trajo reminiscencias de pinturas barrocas y oscuras. Con pesar, volví los ojos hacia el grupo que acompañaba, embargada de pronto por una profunda tristeza.

¿Qué se necesita para morir?

Nadie podía responderme, estaba sola con ellas, las aves, que me observaban sin moverse. Me pareció incluso que en esos escasos segundos, algunas más se habían sumado a las primeras en profundo silencio. También el parque había acallado otros sonidos como si una esfera especial, casi de sepulcro, se hubiera construido sobre nuestras cabezas, cobijándonos y aislándonos del resto.

Entonces bastó un pequeño gesto, un alboroto de alas que se desplegaron impacientes, para que me decidiera a alzar el pájaro. Y así, con el ave cobijada entre mis manos, me dispuse a avanzar mientras las demás, a mi paso, levantaban vuelo, como si un viento invisible las alzara hacia lo alto del cielo. Aunque enseguida, así como se habían elevado, las oía regresar, una a una, y posarse despacio tras mis pies, ordenadas, casi en hilera como en una procesión o un extraño cortejo. Así fuimos avanzando hasta llegar al árbol que ocupaba el centro de la plaza, un ginkgo biloba milenario, el elegido por las aves para recibir la ofrenda.

Las hojas amarillas habían formado un manto dorado sobre el suelo y sobre él me arrodillé, como si me persignara.

Por unos segundos, como se oyen los murmullos discretos dentro de una iglesia, pude escuchar el repique de las patitas que iban acomodándose en el terreno desigual de las raíces. Apretujándose unos contra otros, los pájaros iban llegando para la despedida.

Con una mano, comencé a hacer un hueco entre las hojas hasta dar con la tierra y luego con las uñas fui escarbando hasta lograr humedecer las yemas de mis dedos.

¿Qué se necesita para morir?

En silencio, las aves me contemplaban.

Cuando logré hacer un hoyo lo suficientemente cómodo para colocar el manojo de plumas, me detuve y dándome vuelta, las miré. Yo también esperaba algo a cambio.

Entonces una de ellas quebró el silencio y enseguida se sumó el resto. Y cuando el canto se había convertido en un solo trino, supe que debía soltar el pájaro para siempre: primero sus patas, luego el plumón negro y, finalmente, la cabecita ladeada hacia un costado. Como en aquellas pinturas de las cosas muertas.

 

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