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Un sonido del monte [1]

(primera parte)

Y era como un gran gato con la piel brillante por la hierba de la mañana. Se deslizaba guiado por olores invisibles. Puro felino.

Vivía en el monte fuera de los límites del campo, de la casa principal y los alrededores.

Ciertas noches podían escucharse sus pisadas sobre las ramas secas, el murmullo de las pezuñas arañando las piedras y su respiración que hacía prender las luces de las chozas. A esa hora los niños se apretaban junto al fuego, y los adultos se contenían pendientes tan solo de la ventana convertida en un horizonte negro. Un instante, un corto momento en el que todo sonido parecía detenerse, menos ese otro, el de afuera, que rondaba las casas como el viento en la tormenta.

Un sonido del monte.

Fue el hombre quien desde el principio debió aceptar la frontera impuesta por las bestias. Por eso armó su choza junto con otros, y las paredes crecieron y formaron un muro de pequeños ladrillos pegados unos a otros. Como si al mismo tiempo que buscaron defenderse, los hombres hubieran intentado ocupar el menor espacio en esa tierra que, en sus orígenes, había sido de los animales. Quizás por eso, también construyeron de espaldas al monte para no tener que enfrentarse diariamente a esa certeza.

Hasta que un día se levantó en medio de las casas una diferente al resto. Un caserón de muros imponentes hecho por los hombres de la ciudad que no creían en más límites de los que ellos conocían.

Pronto los campesinos volvieron a acostumbrarse a que por sus ventanas se recortaran en el horizonte las líneas cuadradas y señoriales de la casa, y las mujeres esperaban con impaciencia los fines de semana para vibrar con los perfumes y los colores que traían las otras, las de la ciudad.

Hasta la noche en que todos se despertaron con los gemidos de los perros y la estampida que provocaron los automóviles cuando dejaron el campo. Por días no se habló de otra cosa. En las chozas se levantaron pequeños altares. Había que pedir por la salud del enfermito, por su recuperación y porque todo volviera a ser como antes. Las velas no dejaron de encenderse día y noche para implorar: que la salud es trabajo y el trabajo es alegría.

Finalmente, a los pocos días llegaron de la ciudad dos hombres. Sin explicar demasiado dejaron instrucciones a los campesinos para que desocuparan los cuartos y tapiaran las puertas y ventanas (fue como si cerraran las fauces de un gigante de piedra) y antes de irse, recién hablaron del muertito.

Pasó mucho tiempo, quién sabe cuánto, que se extravió entre las cosechas y el continuar escuchando los cuentos sobre los sonidos del monte. En la oscuridad brillaba con una luz extraña el caserón.

Pero en algún momento corrió el rumor de que la propiedad había cambiado de manos. Por lo tanto, fue todo un acontecimiento cuando una mañana, poco después que el rocío sucumbiera bajo el sol, se anunciaran los nuevos dueños.

La noticia iluminó los balcones de la casa y sacudió las alfombras, hizo brillar los espejos, calentó el hogar. Se vistieron con esmero las camas, con sábanas que llenaron los ambientes con perfume de alcanfor.

Demasiados aromas, demasiado estruendo.

Los movimientos sacudieron el monte, y las orejas del animal se irguieron tensas porque otra figura también había despertado entre tanto alboroto y se movía inquieta entre los cimientos.



[1] María Claudia Otsubo, De esto se trata, Tantalia&Crawl, Buenos Aires, 2011.

 





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