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Clarice III

(clic aquí: Lispector II)

La lectura crítica de Cixous sobre la obra de Clarice Lispector es enigmática. Es una lectura de pistas por la que yo, doble lectora -de la crítica y de la narradora- debo ir encontrando los propios significados.

Cixious insiste sobre el "mirar" de Lispector, como un ejercicio de "ojos ante una ventana", desde un adentro hacia el afuera; desde el afuera para que se modifique entonces el adentro. Enseguida recordé el poema de Pessoa, escrito como Álvaro de Campos, "Tabaquería" y mi contrapunto que me originó: Porque tras del vidrio ocurre//el misterio de la vida//y más aquí el tan adentro que//te provoca el pensarse.

Mirar ¿desde dónde?

Desde el deslumbramiento, dice Cixous.

El deslumbramiento según el diccionario es la "turbación de la vista por luz excesiva o repentina".

Cuando nos "alumbran", sin embargo, nos "deslumbramos" porque ese afuera invade con toda su fuerza nuestra retina. De pronto, tanta luz en contraste con la oscuridad original, quizás es la primera experiencia de vida, no lo sé. Pero sí que algo permanece de ese momento en nuestra alma, algo queda a partir de ese primer instante único e irrepetible en que fuimos deslumbrados, tal vez, para siempre.

Lispector nos conduce siempre a ese primer lugar. Y es el agua, y no cualquier agua, sino la inmensidad del mar, el refugio al que acude para recrear esa experiencia perdida:

…Ahora que el cuerpo está íntegramente mojado y del pelo gotea agua, ahora el frío se vuelve gélido. Avanzando, abre las aguas en dos. Ya no necesita valor, ahora ya es antigua en el ritual retomado que había abandonado hace milenios" (en el Libro de los Placeres).

 

Quizás intuyendo o soñando de antemano esta lectura, yo había escrito hace algunos meses un texto, del que extraigo unos párrafos que siento en comunión con el pensamiento que voy transitando:

…Se me figura como un estado de Gracia. Cuando nos adentramos en el agua, evocamos ese hechizo silencioso en el que éramos, flotando, nada más que lo original. Nuestro pequeño cuerpo se desarrollaba en ese mar calmo y tibio, ajenos a la conciencia de la luz y la oscuridad, el corazón latiendo al ritmo del otro, dependiendo de su fuerza y alimento para sobrevivir.

A ella, al agua, acudimos, regresando a aquellos que fuimos una vez, fascinados por su misterio de profundidad. Qué goce más exquisito dejarse mecer cara al sol por el vaivén de las olas; observar el discurrir tumultuoso de un río horadando rocas, o sentarnos frente a un lago que en las alturas de los cerros atesora tanta imponente quietud.

A ella, al agua, acudieron Virginia y Alfonsina.

En ella se adentraron, caminando con paso firme hasta hundirse por completo, con la carga de la vida sobre sus hombros, regresando, tal vez como en un bautismo, a ese amor único del ser original.

Por ella bracean esta mañana las siluetas negras y sobrevuelan los pájaros.

Universo de olas y sal, agua, en definitiva, agua donde aquietar el espíritu.

 

Seguramente es mucho más que eso. Los dos puntos me dicen que seguiré indagando.

 

 

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