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Delia
Escritora Argentina, literatura

Tres palabras le bastaron, piensa, para escribir ese mensaje que encendió la noche de su cuarto: murió tu padre. Sin más detalles, una síntesis apretada y ninguna otra explicación señalando cuándo o en qué momento aquello había ocurrido.

Tal vez ella había buscado el teléfono para escribirle de inmediato, quiere imaginar, los dedos temblorosos buscando las letras que armaran la frase adecuada le impidieron brindar otros datos; o quizás no, no la había recordado en ese instante ni tampoco más tarde y más bien fue la obligación de que debía informarle.

Siempre fue muy mala esa última mujer de su padre.

Prende la luz, totalmente despierta; ya le es imposible volver a dormir y se endereza sobre la almohada con el teléfono aún latiéndole entre las manos para leer nuevamente la diminuta noticia.

Murió por fin, es lo primero que repite más tarde extrayendo a la fuerza las palabras que brotaban de alguna parte de su cuerpo.

Piensa en su madre y en ese hermano que había perdido en algún viaje después de una discusión sin sentido.

No piensa en ella misma en ese primer instante o si lo hace es solo para preguntarse qué es lo que debe hacer.

¿O no se piensa en eso cuando nos cuentan que se ha muerto nuestro padre?

Pronto se hará de día. Ya pronto es de noche donde él ha dejado de existir

¿Debería llamar, o un mensaje contra mensaje sería suficiente?

¿Debería viajar?

Murió por fin, solo puede repetir su corazón.

Intenta imaginar su cara, la de los últimos años; sin embargo, lo único que puede recordar son sus ojos, su mirada feroz. Todo a su alrededor se diluía, y casi desaparecía, cuando él levantaba la cabeza y la atravesaba con el verdor de sus pupilas. Era como si él, al hacerlo, construyera para ambos un cono de intenso silencio que los aislaba del resto. Los ojos encendidos la traspasaban desde el otro lado de la mesa en una batalla de poder dejándola vacía. Esos ojos la perseguían de noche, trepaban por su cama desordenado las sábanas y dormían junto a ella. Aún hoy, cada tanto, lograban ocupar algún espacio de su dormitorio.

Su padre no quería morirse, luchaba contra ello con todas sus fuerzas y así se lo hizo saber en esa última y forzada visita que ella le hizo años atrás, apremiada por un pasaje enviado y el deber ser, para estar presente en su cumpleaños número ochenta. La única hija ya que el hermano desaparecido, por sus convicciones y testarudez, prefirió seguir ausente.

Había llegado a esa casa (su casa de la infancia) cuando la fiesta ya había comenzado. Se había presentado al nuevo servicio como una extraña. Al caminar por la sala de entrada intentó reconocerse en ella pero todo estaba muy cambiado; de las paredes habían desaparecido las huellas de su paso por esos rincones y la escalera relucía como una desconocida sin la vieja alfombra.

Luego, había ganado los metros que la llevaban al jardín y se había detenido en uno de los grandes pilares que balconeaban desde las imponentes escaleras para observar la inmensa carpa que habían levantado.

Se había quedado apoyada contra el pilar esperando. Muy pocos la habían reconocido y cuando lo hacían no podían dejar de decirle que era igual a su padre; los mismos ojos, agregaban.

Se levanta para abrir la ventana. Hace calor, o más bien es la intensa humedad que sube temprano por los cimientos hasta estrujarle los huesos. Comienza a clarear y tiene necesidad de un café.

Al levantarse, cada movimiento le recuerda los que él ya no podrá hacer.

De pronto, se habían encontrado frente a frente. Los ojos verdosos seguían manteniendo el mismo vigor, como si fueran ajenos al resto del deterioro, a los brazos delgados apenas sostenidos por la espalda enjuta, a las piernas débiles que se empeñaban en sostenerlo. Fuera de eso, estaba impecable, resguardado en un traje de casimir inglés, corbata neutra, un pequeño pañuelo al tono asomando por el bolsillo delantero. Un caballero.

Se sienta en la cocina. El celular ha quedado arriba pero nadie va a llamarla a esta hora y el mensaje que tenía que llegar ya lo ha recibido.

Piensa en esta inmediatez (queriendo creer que ella le ha escrito de inmediato) de las malas noticias. ¿La urgencia justificaba la brevedad? Lo hubiera entendido, tal vez, en la época de los viejos telegramas cuando cada palabra tenía un costo y se buscaba la síntesis… Tres palabras, piensa en el silencio de la cocina, ni una más ella usó para avisarme.

Cuando se encontraron frente a frente ?con su padre?, tomó conciencia de que no se habían visto por más de veinte años. De inmediato se dio cuenta para él, su llegada era una sorpresa. En ese entonces, la mujer de turno de su padre, más sensata y cariñosa, así lo había preparado sin decirle nada al homenajeado.

Se había acercado para darle un beso en la mejilla perfumada y rasurada. Él la había recibido, los brazos apenas extendidos quizás más para poder sostenerse en ella que para abrazarla. No se hablaron y el contacto fue breve. Recién cuando se separaron, su padre se había quedado mirándola todavía unos segundos más y luego le dijo: has envejecido.

Se sobresalta con el chiflido de la cafetera. Mientras calienta una tostada, busca un poco de mermelada. Como una autómata, abre luego la heladera. La confunde tanta luminosidad, pero se queda parada frente a los anaqueles fríos recorriendo su interior. Abre luego el congelador y con la mano roza los grumos helados, endurecidos sobre el metal.

Murió por fin, vuelve a repetirse inundada por esa glacial nada donde espera que él, por fin, permanezca para siempre.

 

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Un sonido del monte [1]
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(primera parte)

Y era como un gran gato con la piel brillante por la hierba de la mañana. Se deslizaba guiado por olores invisibles. Puro felino.

Vivía en el monte fuera de los límites del campo, de la casa principal y los alrededores.

Ciertas noches podían escucharse sus pisadas sobre las ramas secas, el murmullo de las pezuñas arañando las piedras y su respiración que hacía prender las luces de las chozas. A esa hora los niños se apretaban junto al fuego, y los adultos se contenían pendientes tan solo de la ventana convertida en un horizonte negro. Un instante, un corto momento en el que todo sonido parecía detenerse, menos ese otro, el de afuera, que rondaba las casas como el viento en la tormenta.

Un sonido del monte.

Fue el hombre quien desde el principio debió aceptar la frontera impuesta por las bestias. Por eso armó su choza junto con otros, y las paredes crecieron y formaron un muro de pequeños ladrillos pegados unos a otros. Como si al mismo tiempo que buscaron defenderse, los hombres hubieran intentado ocupar el menor espacio en esa tierra que, en sus orígenes, había sido de los animales. Quizás por eso, también construyeron de espaldas al monte para no tener que enfrentarse diariamente a esa certeza.

Hasta que un día se levantó en medio de las casas una diferente al resto. Un caserón de muros imponentes hecho por los hombres de la ciudad que no creían en más límites de los que ellos conocían.

Pronto los campesinos volvieron a acostumbrarse a que por sus ventanas se recortaran en el horizonte las líneas cuadradas y señoriales de la casa, y las mujeres esperaban con impaciencia los fines de semana para vibrar con los perfumes y los colores que traían las otras, las de la ciudad.

Hasta la noche en que todos se despertaron con los gemidos de los perros y la estampida que provocaron los automóviles cuando dejaron el campo. Por días no se habló de otra cosa. En las chozas se levantaron pequeños altares. Había que pedir por la salud del enfermito, por su recuperación y porque todo volviera a ser como antes. Las velas no dejaron de encenderse día y noche para implorar: que la salud es trabajo y el trabajo es alegría.

Finalmente, a los pocos días llegaron de la ciudad dos hombres. Sin explicar demasiado dejaron instrucciones a los campesinos para que desocuparan los cuartos y tapiaran las puertas y ventanas (fue como si cerraran las fauces de un gigante de piedra) y antes de irse, recién hablaron del muertito.

Pasó mucho tiempo, quién sabe cuánto, que se extravió entre las cosechas y el continuar escuchando los cuentos sobre los sonidos del monte. En la oscuridad brillaba con una luz extraña el caserón.

Pero en algún momento corrió el rumor de que la propiedad había cambiado de manos. Por lo tanto, fue todo un acontecimiento cuando una mañana, poco después que el rocío sucumbiera bajo el sol, se anunciaran los nuevos dueños.

La noticia iluminó los balcones de la casa y sacudió las alfombras, hizo brillar los espejos, calentó el hogar. Se vistieron con esmero las camas, con sábanas que llenaron los ambientes con perfume de alcanfor.

Demasiados aromas, demasiado estruendo.

Los movimientos sacudieron el monte, y las orejas del animal se irguieron tensas porque otra figura también había despertado entre tanto alboroto y se movía inquieta entre los cimientos.



[1] María Claudia Otsubo, De esto se trata, Tantalia&Crawl, Buenos Aires, 2011.

 





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Rescate
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Ella hacía el camino hacia esa casa con la cabeza baja, como concentrada en el movimiento de los tablones de su pollera. Las piernas se le perdían en el par de zapatos marrones de doble nudo y en las medias azules que le marcaban el elástico debajo de la rodilla. El peso de los libros la obligaba a disminuir el ritmo de los pasos y se preocupaba por el retraso de esos primeros metros. Miraba su reloj en el brazo menudo y aceleraba la marcha, ansiosa por no demorar el instante de, por fin, llegar ante esa puerta. Cada baldosa era un desafío para los pies, un espacio para decidir acortar o alargar la llegada a ese sitio: la entrada a la casa.

Ahora la veo. La entrada es una puerta de dos paños color celeste. La abertura metálica y letras en relieve negro que dice cartas y el picaporte dorado. Todo brilla tanto como entonces y al tocarla hasta puedo sentir el temblor que crecía al rozar con los dedos la madera. Y la fuerza que me impulsaba a cruzar el umbral, de la que retengo las marcas de las uñas en una mano. Tres marcas en la palma para resistir el deseo de entrar.

Después, cuando ya se encontraba frente a la entrada, apoyaba la mochila en el piso y miraba hacia adentro, hacia ese lugar que tanto la atraía y cerraba los ojos como cuando se acostaba y guardaba en la retina los contornos de su cuarto como un modo de poder enfrentar la oscuridad. Entonces se quedaba inmóvil delante de la puerta esperando que todo volviera a suceder. Y que apareciera otra vez ese hombre. El que le daba los caramelos mientras le cepillaba el pelo una y otra vez, el que le pedía los cuadernos para decirle que nunca había visto una letra tan linda. El que la invitaba para el día siguiente y el otro, y el otro, solo un ratito en el camino desde el colegio, esperándola con una hilera de caramelos que formaba dibujos sobre la mesa (él armaba un dibujo distinto cada día para hacerla feliz). El hombre que se sentaba junto a ella en la cama y la dejaba hablar mientras le acariciaba las mejillas; después le acomodaba el uniforme y la dejaba partir.

A medida que me acerco se hace más fuerte el sonido, el que no pude olvidar, en esa habitación de vasos sucios y botellas vacías. Quizás todo se ha vuelto difuso como la poca luz que se filtraba a través de las maderas de la persiana. Pero nunca olvidé ese ruido, el crujido de nuestros cuerpos sobre el elástico destartalado de la cama.

Ella llegó a la misma hora en que lo hacía todas las tardes. Él comenzó como siempre a darle los dulces. Pero ese día no continuó el juego de abrirle prolijamente con sus uñas cada caramelo para después meterlo en su boca. Y ya no pudo reconocerlo cuando la mano no buscó el que faltaba para completar la última línea del dibujo. Fue cuando ella abrió los labios para encontrar el grito.

Mis dedos dejan una marca húmeda en el picaporte mientras empujo la puerta. Atravieso el pasillo oscuro. La distancia es demasiada corta para mis pies. Reconozco el lugar. Ya no hay muebles en la habitación, ni hilera de caramelos. El techo dejó caer pedazos de pintura sobre el piso y las persianas se deshicieron en un polvo negruzco.

Y ahora la veo. En un rincón me espera esa niña, y al fin comprendo por qué estoy aquí.

 

 





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Vértigo
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Sin embargo, no se puede renunciar a vivir medio día: o el resto de la eternidad o nada.

 

                                                                                         En Zama, Antonio Di Benedetto

 

La miró desde la escalerilla del trampolín, el más alto de los tres, sintiendo el temblor en las piernas y esa puntada que el temor siempre le provocaba en las axilas. Pero siguió subiendo ya que ella le había dicho: o todo o nada. Siguió trepando, aproximándose al techo de chapa que casi se doblaba como un papel por encima de su cabeza.

Pronto, imaginó, si estiraba una mano, lograría alcanzar las hojas dormidas en las lucarnas. Hacía varias semanas que el otoño las había lanzado sobre los vidrios y, aún húmedas, yacían adheridas como estampillas sobre los tragaluces; allí estarían por el resto del invierno, pudriéndose lentamente hasta la llegada del verano cuando el natatorio se transformara otra vez en pileta descubierta. Esa perspectiva, de pronto tan real, de ir trepando sin que estuviera el techo, casi lo paralizó a mitad de camino. Él sabía que en otro momento quizás no hubiera sido capaz de enfrentar el desafío a cielo abierto; y trató de no pensar en ese doble vacío: el abierto bajo sus pies y el de la absoluta nada sobre su cabeza

Vértigo, miedo. Hay palabras que no se enseñan, simplemente se aprenden con la experiencia. Como las palabras que dan cuenta de las emociones.

Siguió subiendo como sonámbulo, trepando sin remedio, porque era lo único que podía hacer desde que ella lo había provocado. Subía pendiente de su presencia unos metros más abajo, estimulado por las horas solitarias cuando el deseo se le metía, en las noches, dentro de la cama.

La primera vez que le sucedió, se despertó bañado en sudor, el corazón latiéndole con tanta fuerza, un ardor intenso quemándole el pecho. Con apuro, entonces, se había quitado el piyama húmedo y, desnudo, se había abandonado al placer, deslizando sus manos hacia el deseo, con los ojos cerrados para no permitir nada más que la visión de su recuerdo, recreando, dejándose ir.

Por las tardes, al regreso de la escuela, se encerraba en su cuarto, sorteando como podía la insoportable inquietud de sus padres, incapaces de comprender su repentino silencio; aguardando el momento, como un esclavo, de volver a sentirse libre, una y otra vez, a partir de esa noche y las que le siguieron.

Fue en ese tiempo que también comenzó a dibujar. Al principio, lo hizo pensando en ella, apenas unos trazos que ocultó con vergüenza. Con el correr de los días, la mano fue adquiriendo certezas, y la habilidad corrió a la par de su imaginación, guiándolo por terrenos desconocidos. Hasta que una tarde, el atentado a un diario francés, le reveló además que dibujar podía convertirse también en un modo de expresarse; y desde entonces supo lo que quería.

Por eso, aunque ya está llegando al último tramo de la escalera y al dilema: el todo o nada, que le ha planteado ella, conduciéndolo así al borde del vértigo, necesita saberlo. Como con los dibujos, probarse que puede.

Por eso, es que ha subido y ahora, desde la altura, le sonríe; incluso hasta logra saludarla con una mano. Por eso, porque ya lo sabe, casi grita al estirar la pierna para dar el salto.

 

 





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EL ABRAZO INTACTO
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(De Mujeres al sol, sábanas al viento, Ed. Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2008)

Paula no solía mirar hacia atrás, pero cuando se encontraba con Miguel, las imágenes de la infancia, los recuerdos que sola, sin su presencia, era incapaz de recuperar, llegaban a ella con claridad; sin que se lo propusiera, de modo imperceptible. Y en especial, los que se relacionaban con aquella noche.

¿Qué edades tenían ambos cuando todo eso ocurrió? Sin dudas, ella era muy pequeña entonces y Miguel le llevaba varios años. Y aunque la diferencia luego, con el tiempo, extrañamente se achicó, ella sintió que ya era de un hombre los brazos que la sostuvieron con ternura.

Hasta esa noche no fue consciente de hasta qué punto lo había necesitado. Se había acostumbrado a verlo cada tanto, cuando él entraba y salía ocupado con sus estudios o luego, con su primer trabajo; a veces, incluso, había tenido la sensación de no tener un hermano, tan ajenos vivían uno del otro. Y si lo escuchaba llegar, ella se escondía en el hueco de la escalera con la esperanza, sin embargo, de que al pasar él la descubriera y la retuviera en un abrazo. Nunca llegó a confesarle cuánto añoraba ese contacto; ni siquiera más tarde, cuando los reunió la necesidad y el vacío.

Y entre los escasos recuerdos de Paula, surgen siempre con claridad los de esa noche, en la que él entró a su cuarto para despertarla con suavidad, con sus ojos acuosos y el saco del pijama mal abrochado. Tenés mal abrochados los botones, le había dicho ella, tal vez para no preguntarle por qué la despertaba. Y él, de pronto, sin contestarle, le había tocado la frente y despejándole un poco el pelo con una mano, la había mirado y, sin saber, ella comprendió que algo había sucedido; y sin saber aún la razón, se puso a llorar. Siempre había sido así con Miguel, sin palabras. Como esta mañana en que los dos de pie, en el umbral del jardín, se acompañan en silencio.

 

A los veinte años y con una carrera a medio cursar, no tenía otras obligaciones más que ocuparse de sí mismo. Y eso ya era suficiente. Nadie lo había preparado para ser un hombre; no obstante, había reaccionado como tal, instintivamente, cuando todo aquello pasó.

Miguel recuerda muchas cosas de esa etapa de su vida, pero en especial esa noche en que lo despertó el timbre insistente del teléfono. Atontado, se había puesto el saco del pijama sin registrar los botones mal abrochados ni lo que estaba haciendo. Y luego de escuchar la noticia, se había quedado sentado en el borde de la cama mientras a su alrededor los límites del cuarto comenzaban a distorsionarse como si alguien lo hubiera introducido a golpes dentro de un cuadro de Van Gogh. Por eso, había salido al pasillo, aterrado, para hundirse en el profundo silencio de la casa. Y en esa ausencia de otros sonidos había escuchado la respiración del otro cuarto. Entonces supo que él era quien debía decírselo.

Había abierto la puerta del cuarto de Paula y en la oscuridad percibió su olor infantil a cuadernos de colegio y lápices de colores. Apoyada sobre el escritorio, la mochila de su hermana y sobre los estantes la hilera de muñecas prolijamente ordenadas, las cajitas y los adornos que ella juntaba casi con obsesión. Una franja del papel tapiz se iluminó tenuemente por la luz del pasillo que dejaba pasar la puerta abierta y él había pensado que realmente era un cuarto de niña feliz. ¿Hacía cuánto tiempo que no entraba? ¿Con qué derecho venía ahora a romper la armonía de ese refugio? Porque de pronto comprendía que serían sus palabras las que desordenarían su mundo pequeño. Y por eso, al despertarla, se había quedado en silencio y luego, tocándole la frente, había buscado acomodarle un poco el pelo que le caía sobre la cara. Y enseguida le había abierto los brazos cuando ella, simplemente, y sin saber, comenzó a llorar.

 

No hablan de eso esta mañana —hace tiempo que cuando se encuentran el recuerdo de los padres se remite al tiempo anterior al accidente—. Ambos caminan sobre el césped aún húmedo y sus pisadas van dejando un sendero oscuro, unas huellas que desaparecerán una vez que las caliente el sol y que el viento sacuda los pequeños brotes verdes. Paula se aferra al brazo de su hermano mientras él calla, alimentándose sólo del roce como si acariciara una parte de su propio cuerpo. Relajado, en silencio.

Pero la mañana se ha puesto fría y de pronto surge la idea de un café. Que sería bueno tomar una taza de café, dice él cuando vuelven sobre los pasos, sin abandonar el mutuo contacto, lentamente.

Mientras ella está en la cocina, él pone algo de música y ella se alegra de que haya elegido a Billy Joel. Después lo escucha tararear y sin poder evitarlo, se sonríe.

Miguel, por su parte, se ha ido acercando a la cocina y desde la puerta sigue los movimientos de su hermana. Los dedos espigados de Paula que acomodan las tazas sobre la bandeja. Un mechón de pelo le oculta parte del rostro y entonces sí, sin que él pueda evitarlo, regresa la imagen de aquella otra noche en la que había temido despertarla.

La música los va envolviendo en esa calma de domingo, mientras ambos se acomodan en el sillón frente a las tazas de café. Y tal vez por esa imagen que él tuvo de ella hace sólo un instante, es que ahora la mira como para preguntarle. Paula se sonríe. Tenés los botones mal abrochados…, le contesta adivinando los pensamientos de su hermano y él, que en un primer momento piensa que es cierto, también se sonríe al escucharla. Hace mucho que no se ven, pero pareciera no haber pasado el tiempo entre aquel abrazo y este otro, que el espejo frente a ellos refleja, intacto.

 





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LAS HERMANAS
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(De Mujeres al sol, sábanas al viento, Ed. Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2008)

 

Acomodó aún más las mantas sobre el cuerpo enfermo de su hermana. Después observó por la ventana la luz tenue de la tarde, adormecida como las flores del jardín. Todavía no se acostumbraba a la idea del invierno con sus días cortos y sombríos. Sin prisa, buscó su tejido. Pero antes, volvió a controlar la respiración de Isabel; agradeció que, por unos instantes, hubiera cedido la opresión sobre el pecho.

Se ubicó a su lado, en un sillón pequeño, y con manos ágiles tomó la lana y la tensó entre los dedos. Sin embargo, pronto debió volver a levantarse para encender una luz y entonces fue que descubrió, frente a ella, el cuadro colgado sobre la cómoda; y la sorpresa le hizo perder la cuenta de los puntos y de las hileras y la extravió en los recuerdos.

Los de aquellos días cuando Antonio, tanto tiempo ausente, había regresado de Roma y las había inundado con todas sus pinturas, con sus carpetas repletas de trabajo y con todo el encanto que el aire europeo había acrecentado. Entonces encontró entre los dibujos ese bosquejo y, enseguida se había reconocido en el retrato aún incipiente de su rostro junto al de su hermana. En ese momento admiró aquellos perfiles casi exactos que Antonio había sido capaz de trazar en la distancia. ¿Hasta qué punto él las había necesitado? Unos días después ambas hermanas se atrevieron a pedirle que terminara el retrato. Fue la tarde cuando posaron para él, en el saloncito de la planta baja.

Ahora recordaba esas horas en las que estuvieron los tres juntos. Ellas en actitud fraternal, una al lado de la otra, intimidadas por esa mirada, de pronto tan varonil y decidida, obsesionada en los trazos como la mano que se desplazaba inquieta sobre la tela, olvidada de todo lo demás, incluso del cansancio que ellas pudieran sentir.

Recordaba que Antonio sólo se había detenido cuando la oscuridad los había alcanzado a los tres confundiéndolos en una misma sombra, en esa hora incierta que, como conjugando un hechizo, los vinculaba de otra manera.

¿Qué queda de todo eso ahora?, pensó al mirar esas figuras del ayer. Observó en la tela su cuerpo sostenido por el otro. ¡Cómo reconocerse nuevamente en él!

Otros recuerdos regresan junto al cuadro: las tardes de primavera y los juegos de la infancia al reparo de la glicina. El mismo sitio donde, más tarde, ambas elegirían para leer las cartas que traían noticias desde Europa; y el apuro de Isabel por responderlas. Como la mañana en que la encontró sentada sobre un desparramo de flores: pétalos blancos, violáceos, rosados, que había juntado para enviárselos en el sobre a su herma no, el pintor.

Después, ¿qué había pasado después? ¿Cómo habían llegado a confundirse?

Hacía años que ella se marchó para poder olvidar y, sin embargo, confusamente, esa tarde el antiguo retrato regresaba para interpelarla. Porque era aquello otro, en definitiva, lo que le había hecho levantar la vista. Lo que hasta esa tarde le había impedido regresar a la casa.

De pronto, necesitaba acercarse a la pintura y se levantó y, al hacerlo, de su pollera cayeron las agujas que, desandando el tejido, se clavaron en el suelo. No obstante, siguió caminando, como si no se diera cuenta de nada porque sus ojos miraban más allá, hacia los trazos que, por primera vez, estaba descubriendo, hacia los que delataban eso que ni ella ni su hermana se habían atrevido a mencionar sobre aquella tarde.

De pronto, necesitaba acercarse y además apagar esa luz que sólo hacía brillar el pie del cuadro impidiendo ver. La luz baja no favorece a la pintura; este es un cuadro que debe iluminarse desde arriba, le había dicho a Isabel cuando ambas buscaban un sitio para colgarlo.

Pero su hermana nunca terminó de decidirse por el sitio adecuado, y ella se había ido de la casa sin que la pintura abandonara un rincón oscuro de la sala. Ahora, en cambio, ahí estaba para que ella pudiera observarlo.

Acercándose un poco más, podía recorrer con los dedos la rugosidad de las líneas. Y una de ellas, como un espacio que ya hubiera transitado en otro tiempo, la llevó hacia la profundidad oscura en la que Antonio había ocultado aquello otro que también se había pintado. Ahora reconocía en la tela lo que había quedado opacado por el silencio: las otras señales y el temor. La sensación que había sentido durante esa tarde y que permaneció pintada en sus pupilas, detenida por una fracción de segundo y para siempre, por el breve instante en que esa mano había rozado su espalda.

Y recordó el temblor contenido cuando los dedos delgados y delicados del pintor, sin pudor, le rozaron la mejilla, le acariciaron también la nuca y se detuvieron en su pelo. Y recuperó en su piel el influjo que sobre ella había ejercido, aquella tarde, esa otra piel. Por eso, después de ese día, ya nada había sido igual en esa casa, ya nada había sido igual para ellos. Aunque por un tiempo lo intentaron, fue imposible y ella, por fin, un día se había ido. También Antonio comenzó a viajar con sus muestras por todo el país, cada vez más lejos, más distante de sus hermanas. Sólo Isabel se había quedado en la casa con olor a glicina perfumada.

El silencio, las pérdidas… Con nostalgia, pensó que el tiempo finalmente se había apoderado de los tres, como la oscuridad que ahora casi le ocultaba el resto del cuarto. Entonces volvió a encender la luz y, apoyando las manos sobre la cómoda, aflojó, de a poco, la tensión del cuerpo.

Pronto sus pies volvieron a retomar el rumbo de los pasos seguros y se alejaron del cuadro. Con suavidad, se acercó a Isabel y, mientras le acariciaba el pelo, lamentó que hubiera sido tan extenso el lapso de la separación. Y después regresó a su silloncito junto a la cama, sin olvidar recoger en el camino las agujas y el tejido, el que apenas había perdido algunos pocos puntos, al caer sobre el piso.

 





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HUCK
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He sido su amiga desde que éramos unos niños. La vida nos encontró a mitad de camino, en la misma vereda entre su casa y la mía, como si hubiera estado destinado. Y nos hicimos inseparables. Un vínculo de años que trascendió el ser vecinos o compartir la misma escuela.

Jugábamos juntos por horas, la infancia era en esos tiempo puro juego. Nos bastaban unas pocas baldosas y lo que cada uno traía dentro de los bolsillos para que todo lo demás se evaporara a nuestro alrededor. A veces los dos solos; otras, algunos niños se nos sumaban curiosos ?porque él siempre despertaba mucha curiosidad? y entonces armábamos una banda que ocupaba toda la vereda.

Quizás porque le gustaba mucho leer, me parecía que era diferente a los demás. Sólo conmigo podía compartir esa pasión por los libros y la escritura, y algunas tardes era suficiente sentarnos un poco más lejos que el resto, hombro con hombro, las espaldas descansando contra el banco de piedra que daba inicio al bulevar, para escribir en unas hojas sueltas nuestra propia novela salpicada de romanticismo y tragedia. Mucho de Rafael Pérez y Pérez, Montgomery, Luisa M. Alcott; pero también Julio Verne y Mark Twain; y tantos otros de los que llevábamos nota crítica en un pequeño cuaderno.

Juntos fuimos al cine para ver Las aventuras de Huckleberry. Aún recuerdo su cara brillante de azul en la penumbra del cine. Algo cambió para él en el instante en que Huck se disfraza de niña para intentar engañar a la tía. Recuerda que cuando una chica trata de recoger algo en su regazo separa las rodillas, no las junta como hiciste tú cuando te tiré la barra de plomo, decía ella en la película.

«¿Así?», él luego repetiría.

Desde el principio lo quise sin límites, con aceptación plena. Para mí era el hermano que no había tenido, mi compañero y mi único confidente.

Pronto fue invitado de casa. Mi padre era bastante serio, pero él encontró el modo de ganárselo, en especial, porque eran pocos quienes podían competirle en el ajedrez; mi madre, sin reparos, lo adoptó de inmediato.

Sabíamos que las cosas no eran sencillas por el lado de su familia, pero la mía cuando le abrió las puertas, fue de par en par y sin preguntas. Tampoco yo las hacía; mientras fuimos unos niños, me bastaba con su presencia.

Recién cuando empezamos a crecer y a tomar otras decisiones, tuve aquel primer presentimiento. Pero incluso entonces, no podía saber de qué trataba. Su presencia comenzó a provocarme desasosiego y, al mismo tiempo, también el impulso de querer protegerlo o resguardarlo de los demás. No sé, tal vez, hasta cierta tristeza. Quizás era incluso melancolía por esa pérdida que se experimenta cuando somos niños que no sabemos precisar pero que nos dispara sin remedio al mundo de los adultos.

Por distintos motivos, con el tiempo, nos fuimos distanciando.

Ya no compartíamos ese ir y venir de la vereda; quizás nos separaron las escuelas diferentes, los nuevos amigos, luego el trabajo. Aún cercanos, nos veíamos cada tanto, pero ya no era como antes.

Fue muchos años después que nos reencontramos, y en su casa de la infancia. Había muerto su madre, una mujer desconfiada y de carácter difícil; sin embargo, su hijo se había ocupado de ella, cuidándola sin descanso durante la larga enfermedad. Yo quería visitarlo.

Mi amigo me recibió en la puerta con una sonrisa. Seguía siendo el mismo niño pero más grande, de modales suaves y elegantes, con aspecto de caballero antiguo. Hacía mucho que no nos veíamos.

Recuerdo que nos sentamos en el jardín donde me había preparado una mesa para tomar el té, frente a los jazmines, rododendros y azaleas mientras por entre nuestras piernas no dejaron de merodear dos gatos redondos y peludos, a los que, sonriendo y con ironía, él llamó sus sobrinos.

Luego caminamos por el cantero infinito de rosas. Con cuidado maternal se detuvo en cada variedad para explicarme su nombre o la razón de su color. Su modo cariñoso, como el sabor nostálgico de un dulce, despertó imágenes de mi cabeza apoyada sobre su hombro en el silencio de nuestra calle, en esa intimidad compartida mientras leía, solo para mí, como un susurro, aquellas páginas que aun hoy puedo repetir sin equivocarme: …Nadie sino Beth podía sacar música del viejo piano; pero ella tenía una manera especial de tocar las teclas amarillas y componer un acompañamiento para las canciones simples que cantaban. Meg tenía una voz aflautada y ella, con su madre, dirigían el pequeño coro. Amy chirriaba como un grillo. Jo cantaba a su gusto, poniendo alguna corchea o algún silencio donde no hacía falta.

Los años continuaron sucediéndose luego de esa tarde. No volvimos a ver alguna que otra vez, aunque cada tanto alguien me contaba que lo había encontrado en la confitería del barrio.

Dicen que siempre llega por las tardecitas para sentarse en la misma mesa. Que los mozos lo conocen y sin preguntarle, le alcanzan enseguida un margarita. Que luego procuran que nadie lo moleste mientras él, casi olvidado del mundo, saca su libro y lee. Luego, se levanta y acomodándose el chal sobre los hombros saluda y se retira. Hasta el día siguiente, dicen, en que vuelve a aparecer, siempre a esa misma hora en que va muriendo la tarde.

 

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Clarice Lispector II
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La literatura infinita
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Todo texto es un intertexto. Hay otros textos presentes en él, en distintos niveles y en formas más o menos reconocibles: los textos de la cultura anterior y los de la cultura contemporánea. Todo texto es un tejido realizado a partir de citas anteriores (…)"

Roland Barthes

 

 

Dice Roberto Ferro al finalizar el capítulo "Borges y Mugica, dos miradas y una esquina" (en El lector apócrifo, 1998): "el cruce de los textos, cualquiera sea su soporte semiótico, es laberíntico no porque sus lectores o espectadores no encuentren la salida, sino porque nunca sabrán el origen".

Por lo tanto, hay en la lectura también una instancia de búsqueda, casi detectivesca. Una indagación que parte de una intuición, ya que no necesariamente se lee como crítico. Ese pararse frente a la escritura (la propia y la del otro) y tener la posibilidad, por ese ejercicio de poner en movimiento nuestra biblioteca, de reconocer la marcas o la huellas que antecede al propio texto que tenemos entre manos, es lo que le da infinitud al acto literario.

En algunos casos, esa pista por parte del autor es clara o se evidencia en un acápite. Tomo como ejemplo el cuento "Volvedor" de Abelardo Castillo, que no solo dialoga con el Borges de la esquina rosada y con el fantástico de Cortazar; sino que además se posiciona con una cita que antecede, como una dedicatoria, al relato: "A Julio Cortázar y a usted, Borges, y perdón si los salpiqué".

En otros ejemplos la nueva palabra escrita se roza con una anterior sin señalamientos aparentes.

Así, de ese modo, se intuye el diálogo que establece Fernando Pessoa/Bernardo Soares, en su Libro del Desasosiego, con la lectura de Proust: "[…] A través del sabor leve del humo revivo el pasado. Otras veces será un cierto dulce. Un simple bombón de chocolate me descompone los nervios por un exceso de recuerdos que los estremece. ¡La infancia! […]. Con qué sutil posibilidad de sabor-aroma reconstruyo los escenarios muertos […], tan medieval por lo inevitablemente perdido".

Existe en esta cita un diálogo de Pessoa con el trabajo de la memoria que desarrolla Proust, que es una correspondencia, casi amorosa y de respeto, de un escritor hacia sus fuentes y que se devela finalmente con esa última palabra con la que finaliza el párrafo: "perdido".

Textos que se cruzan, como señala Ferro, que se entrelazan a su vez y dialogan con otros previos, y así infinitamente en el discurrir incesante de la palabra. Si pensamos que hubo un tiempo en que la literatura era pensada para ser transmitida oralmente, cobra mayor sentido esta superposición que no aplasta sino que dimensiona la narración. Se escribe en diálogo con la propia lectura que es, a su vez, escritura de otro, para recrear lo leído con la nueva expansión que provoca el nuevo texto que se va creando.

Quizás por eso se sigue escribiendo. Cuando como una luz se enciende para el lector esta pista -de otra lectura- se produce una pausa interior que detiene el andar del ojo sobre la línea. Es entonces cuando el texto hace hondura. Ocurre también con la música, con la pintura, con el arte. Ocurre en la literatura, y la intertextualidad habla de su maravillosa infinitud.

 

 

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Gloria
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¿Qué se necesita para morir? me pregunté cuando al salir de casa casi tropecé con el montoncito de plumas sucias; un resto de olvido en que se había convertido un pájaro.

Alcancé a ver que unos metros más allá, otras aves me observaban, sin dejar de piar, expectantes. Pendientes tal vez de mi próximo paso, parecían querer pedirme algo, pero ¿qué?

La respuesta la obtuve con el primer movimiento: al agacharme, los pájaros se callaron de inmediato. Con precaución extendí una mano hacia el compañero caído, ¿era eso es lo que esperaban de mí? Las aves sin moverse ni quebrar su silencio misterioso me animaban a seguir.

Mis dedos entonces rozaron el pequeño cuerpo que aún conservaba bajo las plumas algo del calor que había gozado en vida.

Su cabeza volcada hacia un costado me hizo recordar en ese instante un cuadro, un óleo de Adriaenssen quizás, imágenes de pájaros muertos entre frutas y pescados, y me trajo reminiscencias de pinturas barrocas y oscuras. Con pesar, volví los ojos hacia el grupo que acompañaba, embargada de pronto por una profunda tristeza.

¿Qué se necesita para morir?

Nadie podía responderme, estaba sola con ellas, las aves, que me observaban sin moverse. Me pareció incluso que en esos escasos segundos, algunas más se habían sumado a las primeras en profundo silencio. También el parque había acallado otros sonidos como si una esfera especial, casi de sepulcro, se hubiera construido sobre nuestras cabezas, cobijándonos y aislándonos del resto.

Entonces bastó un pequeño gesto, un alboroto de alas que se desplegaron impacientes, para que me decidiera a alzar el pájaro. Y así, con el ave cobijada entre mis manos, me dispuse a avanzar mientras las demás, a mi paso, levantaban vuelo, como si un viento invisible las alzara hacia lo alto del cielo. Aunque enseguida, así como se habían elevado, las oía regresar, una a una, y posarse despacio tras mis pies, ordenadas, casi en hilera como en una procesión o un extraño cortejo. Así fuimos avanzando hasta llegar al árbol que ocupaba el centro de la plaza, un ginkgo biloba milenario, el elegido por las aves para recibir la ofrenda.

Las hojas amarillas habían formado un manto dorado sobre el suelo y sobre él me arrodillé, como si me persignara.

Por unos segundos, como se oyen los murmullos discretos dentro de una iglesia, pude escuchar el repique de las patitas que iban acomodándose en el terreno desigual de las raíces. Apretujándose unos contra otros, los pájaros iban llegando para la despedida.

Con una mano, comencé a hacer un hueco entre las hojas hasta dar con la tierra y luego con las uñas fui escarbando hasta lograr humedecer las yemas de mis dedos.

¿Qué se necesita para morir?

En silencio, las aves me contemplaban.

Cuando logré hacer un hoyo lo suficientemente cómodo para colocar el manojo de plumas, me detuve y dándome vuelta, las miré. Yo también esperaba algo a cambio.

Entonces una de ellas quebró el silencio y enseguida se sumó el resto. Y cuando el canto se había convertido en un solo trino, supe que debía soltar el pájaro para siempre: primero sus patas, luego el plumón negro y, finalmente, la cabecita ladeada hacia un costado. Como en aquellas pinturas de las cosas muertas.

 

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Clarice III
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(clic aquí: Lispector II)

La lectura crítica de Cixous sobre la obra de Clarice Lispector es enigmática. Es una lectura de pistas por la que yo, doble lectora -de la crítica y de la narradora- debo ir encontrando los propios significados.

Cixious insiste sobre el "mirar" de Lispector, como un ejercicio de "ojos ante una ventana", desde un adentro hacia el afuera; desde el afuera para que se modifique entonces el adentro. Enseguida recordé el poema de Pessoa, escrito como Álvaro de Campos, "Tabaquería" y mi contrapunto que me originó: Porque tras del vidrio ocurre//el misterio de la vida//y más aquí el tan adentro que//te provoca el pensarse.

Mirar ¿desde dónde?

Desde el deslumbramiento, dice Cixous.

El deslumbramiento según el diccionario es la "turbación de la vista por luz excesiva o repentina".

Cuando nos "alumbran", sin embargo, nos "deslumbramos" porque ese afuera invade con toda su fuerza nuestra retina. De pronto, tanta luz en contraste con la oscuridad original, quizás es la primera experiencia de vida, no lo sé. Pero sí que algo permanece de ese momento en nuestra alma, algo queda a partir de ese primer instante único e irrepetible en que fuimos deslumbrados, tal vez, para siempre.

Lispector nos conduce siempre a ese primer lugar. Y es el agua, y no cualquier agua, sino la inmensidad del mar, el refugio al que acude para recrear esa experiencia perdida:

…Ahora que el cuerpo está íntegramente mojado y del pelo gotea agua, ahora el frío se vuelve gélido. Avanzando, abre las aguas en dos. Ya no necesita valor, ahora ya es antigua en el ritual retomado que había abandonado hace milenios" (en el Libro de los Placeres).

 

Quizás intuyendo o soñando de antemano esta lectura, yo había escrito hace algunos meses un texto, del que extraigo unos párrafos que siento en comunión con el pensamiento que voy transitando:

…Se me figura como un estado de Gracia. Cuando nos adentramos en el agua, evocamos ese hechizo silencioso en el que éramos, flotando, nada más que lo original. Nuestro pequeño cuerpo se desarrollaba en ese mar calmo y tibio, ajenos a la conciencia de la luz y la oscuridad, el corazón latiendo al ritmo del otro, dependiendo de su fuerza y alimento para sobrevivir.

A ella, al agua, acudimos, regresando a aquellos que fuimos una vez, fascinados por su misterio de profundidad. Qué goce más exquisito dejarse mecer cara al sol por el vaivén de las olas; observar el discurrir tumultuoso de un río horadando rocas, o sentarnos frente a un lago que en las alturas de los cerros atesora tanta imponente quietud.

A ella, al agua, acudieron Virginia y Alfonsina.

En ella se adentraron, caminando con paso firme hasta hundirse por completo, con la carga de la vida sobre sus hombros, regresando, tal vez como en un bautismo, a ese amor único del ser original.

Por ella bracean esta mañana las siluetas negras y sobrevuelan los pájaros.

Universo de olas y sal, agua, en definitiva, agua donde aquietar el espíritu.

 

Seguramente es mucho más que eso. Los dos puntos me dicen que seguiré indagando.

 

 

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